El crujido de una puerta al abrirse rompe el silencio de la sala, y unos haces de luz se cuelan por entre el más alto de los montones de libros. Al cabo de un instante, se escucha un carraspeo.
Al cabo de un rato, el vano de la puerta fue visible y accesible desde el interior de la habitación, iluminado por una antorcha de madera enganchada en la pared. El escriba se sacudió un poco el polvo de su túnica, y comenzó a descender la escalera en espiral que le llevaría hasta Monseñor Allabert.
- Señor, ha llegado a la torre Monseñor Allaberet. Solicita una audiencia con usted cuanto antes. Dice que se trata de un asunto de máxima urgencia. - comunica una voz a través de la pila de libros.
El escriba deposita la pluma cuidadosamente sobre la mesa, y con un curioso brillo en sus ojos contempla el montón de libros, y se dirige a la persona que hay detrás.- Monseñor Allaberet siempre tiene que tratar asuntos de la máxima urgencia. Es por eso que ha alcanzado la posición de Portavoz de las Iglesias. Y si mal no recuerdo, Monseñor no solicita audiencias... ¿Me equivoco?
- No señor. - contesta la voz - A decir verdad ha exigido la audiencia, pero creí conveniente formularselo como una petición.
- Cambiar las palabras no cambia los objetivos para los que se usan. Si Monseñor lo ha exigido, aunque yo quisiera negarme no podría. O sí podría, pero entonces sería Monseñor quien subiría a mi estudio, y eso no pienso tolerarlo. De todas formas, me esperaba su visita. Infórmele que bajaré lo antes posible... En cuanto abra un camino hasta la puerta.
- Cambiar las palabras no cambia los objetivos para los que se usan. Si Monseñor lo ha exigido, aunque yo quisiera negarme no podría. O sí podría, pero entonces sería Monseñor quien subiría a mi estudio, y eso no pienso tolerarlo. De todas formas, me esperaba su visita. Infórmele que bajaré lo antes posible... En cuanto abra un camino hasta la puerta.
- Puedo ayudarle a mover los libros... - replicó con rapidez la voz. El nerviosismo que denotaba era muestra inconfundible de que no deseaba estar junto a Monseñor Allaberet mientras este esperaba.
- No. - El escriba no gritó, pero no hacía falta. El tono de su voz dejaba claro que no obedecer esa orden no era una opción. - Solo yo muevo los libros, para saber siempre donde están. Ve y espera abajo.
Se escuchó un pequeño suspiro, seguido de cerca por unos pasos que se alejaban, bajando lentamente. El escriba comenzó a mover los libros, nunca tirándolos al suelo, pero examinando siempre el lomo del tomo que tenía entre sus manos antes de depositarlo en el suelo. Alguien con un oido excepcional podría haberle escuchado murmurar algunas frases sueltas habladas para si mismo, pero sin conocer el orden dentro del caos de la habitación nunca las habría podido comprender.- No. - El escriba no gritó, pero no hacía falta. El tono de su voz dejaba claro que no obedecer esa orden no era una opción. - Solo yo muevo los libros, para saber siempre donde están. Ve y espera abajo.
Al cabo de un rato, el vano de la puerta fue visible y accesible desde el interior de la habitación, iluminado por una antorcha de madera enganchada en la pared. El escriba se sacudió un poco el polvo de su túnica, y comenzó a descender la escalera en espiral que le llevaría hasta Monseñor Allabert.
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