El escriba apartó la pesada cortina de terciopelo que separaba la escalera de la sala principal de la torre. En el centro, sentado en un cómodo sillón, se encontraba un hombre de unos cuarenta años, de facciones redondeadas y bonachonas, excepto por unos ojos que permitían ver la frialdad que se ocultaba tras su rostro. Vestía una túnica blanca bordada con hilo de oro, y llevaba cruzadas las dos bandas que denotaban su posición de Portavoz de las Iglesias. A ambos lados del sillón, de pie, se encontraban dos de los monjes guerreros de la Guardia Eclesiastica. Oficialmente se encargaban únicamente de proteger a Monseñor Allaberet, pero su aspecto y sus reacciones ante el resto de los trabajadores de la torre indicaban que inoficialmente eran los matones personales de Monseñor.
Al percatarse de la entrada del escriba, el Portavoz se levantó de la silla y le sonrió, pero se quedó esperando a que fuera este el que se acercase hasta donde se encontraba.
- Me alegro que haya podido dedicarme un poco de su tiempo - dijo el prelado, extendiendo el anillo de su cargo hacia el escriba. Este, sin embargo, no besó el anillo como el protocolo requería, sino que hizo una leve inclinación de cabeza. Monseñor Allaberet mostró algunos signos de descontento.Al percatarse de la entrada del escriba, el Portavoz se levantó de la silla y le sonrió, pero se quedó esperando a que fuera este el que se acercase hasta donde se encontraba.
- Siempre tengo tiempo para usted, Allaberet. - el escriba sonrió para sus adentros al ver endurecerse la expresión del prelado. Sabía que gustaba de ejercer su poder sobre la gente mediante el uso del protocolo, y demostrar que él no tomaría parte en ese juego era lo único que podía hacer para desquitarse por la intromisión del Portavoz de las Iglesias en su trabajo. - Espero que me diga como puedo serle de utilidad...
- Usted se dedica a escribir - interrumpió Monseñor Allaberet - todos los tomos religiosos y de magia que existen en este mundo. Es su trabajo, mientras que sus copistas son los que se dedican luego a crear los volúmenes que llegan al resto de la gente. Eso es correcto, ¿no?
- Así es. Yo soy el único a quien se le ha entregado el don de plasmar lo sobrenatural en papel. Pero eso ya lo sabe usted, Allaberet. Tengo entendido que organizó un experimento, intentando que un joven monje escribiese sobre el papel lo que se escuchaba en el oráculo. ¿Creo que el resultado fue... sangriento es la palabra adecuada?
- ¡Eso nada tiene que ver ahora! - exclamó Allaberet, perdiendo por un instante la compostura - Quiero decir, que no es esa la razón por la que he venido. Lo que quería decir, es que los originales, los textos que usted escribe, nunca salen de esta torre. Son las copias de sus subordinados...
- De mis compañeros. - corrigió suavemente el escriba
-... las que llegan al exterior, las que se venden, compran, leen y pierden. Pero el original siempre se conserva aquí. ¿Me equivoco?
- No, Allaberet, no se equivoca. Los textos que yo escribo se quedan en la torre. Aquellos que necesito consultar se encuentran en mi estudio. Los demás se encuentran almacenados en distintas habitaciones de la torre. Todos los libros que he escrito se encuentran aquí, pero muchos de ellos ya no existen fuera de estas paredes.
- Eso es perfecto. Porque yo estoy buscando un libro.
El tono de Monseñor Allaberet había cambiado ligeramente. El escriba, extrañado, observó cuidadosamente al invitado, y creyó ver un curioso brillo en sus ojos. No podía estar seguro, pero el hecho de que hubiese venido hasta la torre...
- Si busca un libro, Allaberet, le recomiendo que pregunte en las bibliotecas, o a aquellos mercaderes que tratan con libros antiguos. Pero lamento decirle que aquí solo se crean las copias que van a parar al resto de publicadores, no se crean copias para personas individuales.
- Lo entiendo, pero el libro que yo busco es de hace mucho tiempo. Es un libro del que ya no existen copias, pero cuyo original se encuentra aquí. Y desearía tener una copia, o por lo menos leerlo, si es que una copia no es posible.
- Esto no es una bilioteca, Allaberet. Si desea leer con tanto afán ese libro, tendrá que buscarlo en otro lugar. - dijo tajantemente.
El escriba se encontraba ligeramente incomodo. Las grandes bibliotecas de Welshford y Arq Amehyon contenían casi todos los libros que él había escrito. Desde que se fundaron, habían decidido guardar al menos una copia de todos los tomos publicados, no solo de aquellos que trataban de magia o de la palabra divina, sino también de las ridículas noveluchas que se escribían para entretenimiento de la nobleza. El hecho de que Monseñor Allaberet hubiera venido directamente a la fuente solo quería decir que el libro ciertamente no existía ya en ningún otro lugar. ¿Pero qué libro podía haber llamado tan poderosamente la atención del prelado, como para efectuar este viaje? ¿Por qué necesariamente tenía que ser el texto original, y no servía una de esas adaptaciones que los eruditos a veces hacían de los textos más antiguos, aquellos que por el paso del tiempo ya no se conservaban?
Pero sobre todo, el escriba se preguntaba por qué razón la sala más confortable de toda la torre, la que tenía las chimeneas siempre ardiendo, la que utilizaban para recibir a los invitados y que se sintieran como si estuviesen en un pequeño palacio, le parecía de pronto tan fría y confortable como una celda.
Pero sobre todo, el escriba se preguntaba por qué razón la sala más confortable de toda la torre, la que tenía las chimeneas siempre ardiendo, la que utilizaban para recibir a los invitados y que se sintieran como si estuviesen en un pequeño palacio, le parecía de pronto tan fría y confortable como una celda.
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