Hace ya bastante tiempo que esta historia sucedió. A mi me la contó mi abuela cuando era aún un niño pequeño, y a ella se la contó la suya cuando ella tenía sólo ocho años. Puedo suponer que a mi tatarabuela se la contó su abuela, y así durante varias generaciones, pero eso es algo que ya no se puede saber. Lo único que puedo hacer es contarla tal y como me la contaron a mi.
Érase una vez, en un pequeño pueblo de la costa de Inglaterra, que vivía una bella joven. Todos los habitantes del lugar coincidían en que su belleza no tenía rival en el pueblo y admiraban su tez blanca enmarcada por unos cabellos largos y ondulados, que aún siendo morenos relucían bajo la luz del sol como si fueran rubios. Su cristalina voz lograba acallar cualquier conversación que hubiera para que se la escuchase mejor, y su dulce carácter había logrado aplacar los posibles celos que otras jóvenes tuvieran.
Sin embargo, eran sus ojos de color azabache los que más atraían a los hombres, pues aunque hubiese una sonrisa en sus labios sus ojos mostraban una tristeza sin igual. Se debía esta tristeza al hecho de encontrarse casi completamente aislada del resto del pueblo. Desde que murieran sus padres, había estado viviendo con sus dos tías, y estas la protegían en exceso de los peligros que la pudieran acechar. No podía salir a la calle excepto para hacer algún recado, y solían acompañarla en los paseos que daba por el parque. Evitaban que los hombres pudieran estar a solas con ella, y no aprobaban que trabara amistad con otras chicas del pueblo, pues decían que eran una mala influencia.
El único refugio que tenía de la rígida vida que llevaba era su imaginación y la ventana de su cuarto. Recordaba algunas de las historias que su padre le contaba cuando era más pequeña, y soñaba con viajar a aquellos lejanos lugares que su padre había mencionado. Todas las noches, se quedaba observando el puerto desde su ventana, e imaginaba los lugares que aquellos barcos habrían visitado y las cosas que sus marineros habrían visto, y deseaba algún día poder viajar a esos sitios. Sin embargo, el nuevo día le recordaba sus obligaciones y las órdenes de sus tías, y sus esperanzas se desvanecían con la luz de la luna.
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