21 de julio de 2008

El Bergantín II

Nada hubiera cambiado en la vida de esta joven si no fuese por un suceso extraordinario, una curiosa casualidad. La noche antes de la luna llena, mientras observaba el relucir de su luz sobre el mar, surgió de entre los jirones de niebla un destello plateado, que se tornó en las velas de un barco. Brillaban tanto a la luz de la luna que desde la habitación de la joven parecía que hubiera dos lunas en el mar: el reflejo de la del firmamento y las velas del barco. La joven se sintió tan sorprendida por la pureza del color que decidió, en contra de lo esperado, ir a visitar ese barco.

"¿Mas cómo haré para encontrarlo mañana?" se preguntó. "Desconozco donde va a atracar, y tampoco sé nada sobre el barco que me permita encontrarlo preguntando a los marineros." Lo único que se la ocurría era aprovechar el brillo de las velas a la luz de la luna e ir a buscarlo esa misma noche, pero para ello tendría que salir de la casa en ese momento, contraviniendo las órdenes de sus tías. Estuvo dudando durante un largo rato, y finalmente se decidió por salir esa noche. Sigilosamente, tratando de evitar cualquier sonido que pudiese despertar a sus tías, la joven salió de la casa y de dirigió al puerto.

Durante el camino hacia el puerto la joven no pensó en si hacía lo correcto. Sólo pensaba en el color plata de las velas, y en cómo habría de ser el barco que llevase esas velas. Tan ensimismada iba, que no prestaba atención a las personas con las que se cruzaba, evitando así casi de milagro a los maleantes que a esas horas paseaban por la calle.

Llegó finalmente al puerto, pero el brillo plateado no se veía ya. Temía haber hecho el viaje en vano cuando escuchó, o creyó escuchar, el dulce sonido de una flauta silbando una agradable melodía. Sabía que ninguno de los marineros que habitaban en el pueblo tocaba instrumento alguno aparte de quizás el acordeón, por lo que supuso que el sonido provendría del barco recién llegado, así que comenzó a caminar siguiendo el sonido de la música.

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