28 de diciembre de 2008

El Bergantín VII

Ya ha pasado bastante tiempo desde que publicase un fragmento del cuento. Como los que leeis el blog vais un poco más retrasados, he considerado ir poniendo aquellos trozos que ya están redactados, para vuestro disfrute.
Si no recordais como era el cuento hasta ahora, os recuerdo que todo se encuentra bajo la etiqueta Juglar que podeis encontrar en el lateral.
Espero que os siga gustando.


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Durante todo el día estuvo la joven alegre, pero conforme se iba acercando la noche se empezaba a entristecer. Recordaba al marinero, y lo bien que le había tratado, y lo mal que ella misma había actuado ante lo que, ahora se daba cuenta, debía de ser una historia para entretenerla. Se había reido en la cara del marinero! Mientras cenaba con sus tías pensaba en cómo podría disculparse, y poco antes de irse a la cama ya había tomado la decisión de volver a ir al puerto para poder excusar su comportamiento.

"Es lo mínimo que puedo hacer después de lo bien que me ha tratado. Y no tardaré mucho rato, para que mis tías no se preocupen como hoy."

Así que, en cuanto supo con seguridad que sus tías dormían profundamente, bajó sigilosamente al piso de abajo y salió como hiciera la noche anterior. Evitando las calles más concurridas, se acercó hasta el puerto y se metió por entre los marineros que pululaban por la zona. Al cabo de un rato, llegó hasta el muelle donde se encontraba anclado el bergantín de plateadas velas, y se llevó una sorpresa. Pues sentados en semicírculo alrededor del capitán, utilizando las cajas de mercancía que se encontraban en el muelle como improvisados taburetes, había varios marinos del resto de barcos, de casi todas las edades imaginables. Por un instante la joven no comprendió lo que pasaba, hasta que se dió cuenta de que el joven marinero del otro día estaba contando una historia.

- ... golpeaban con fuerza el casco del barco, zarandeándolo de un lado para otro. Aunque sabía que las olas no tenían la fuerza suficiente como para hundirme, estaba preocupado al pensar que perdería el rumbo. Los más experimentados sabrán que si uno pierde el rumbo en medio de una tormenta, hay un gran riesgo de acabar encallado en alguno de los múltiples arrecifes que pueblan las aguas de los mares. Y aunque en mi caso la furia del mar no se debía al viento y a la lluvia, el resultado habría sido el mismo. - narraba en ese preciso momento el marinero.

Intrigada por lo que estaba contando, la joven tomó asiento al lado de un hombre de poblada barba, que asentía con el mismo fervor que un niño de cinco años cuando escucha a su abuelo contar un cuento.

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