La sala se encuentra en la penumbra. Una única vela, situada sobre la pequeña mesa de roble, echa su trémula luz sobre los montones de libros que se pueden ver tanto sobre ella como por el suelo.
El desorden en estos montones causa que la vela, más que iluminar, ensalce las sombras de la habitación, creando extrañas figuras sobre las estanterias medio vacias de las paredes. El movimiento de la llama provoca que solamente el centro de la mesa se encuentre iluminado en todo momento, y es en este lugar donde una esqueletica mano traza lentamente palabras sobre el papel.
De vez en cuando se detiene la escritura, y el escriba se levanta en busca de uno de los múltiples tomos que hay en la sala. Sin dudar ni un instante lo saca de entre el caos de montones, y tras consultarlo durante un instante lo deposita sin ceremonias en el primer sitio libre que encuentra, normalmente otra pila de libros distinta de la que lo sacó. Vuelve a la silla, y prosigue su lento escribir. Un rato más tarde, quizás despues de escribir unas pocas líneas, se repite el ciclo.
El escriba no parece dudar nunca. A pesar del desorden reinante, y del hecho de que varios de los libros se encuentren totalmente ocultos bajo varios otros tomos, el escriba siempre parece encontrar el libro que busca a la primera, como si llevase repitiendo el proceso durante años sin descanso.
El aspecto cadavérico del hombre aparentemente confirma el hecho. Tez pálida, blanca, totalmente falta de rubor. Ojos negros, hundidos, formados casi por completo por pupila, que se dirían inyectados en sangre si no fuera porque las venas que se pueden ver tienen un color casi grisaceo. Labios arrugados y amoratados, flanqueados por unos pómulos hundidos y cubiertos por una descuidada barba. Sin embargo, viendo los movimientos del hombre, se obtiene la impresión de fuerza, de poderío, en vez de la fragilidad y enfermedad que su aspecto podrían indicar.
La vela, consumida ya por completo, se apaga sumiendo en completa oscuridad la habitación. En las tinieblas, los sonidos parecen amplificarse, y por vez primera se puede comprobar que no hay ventana alguna en la sala. El arrastrar de una silla sobre el suelo. Los seguros pasos del escriba sobre el suelo, amortiguados de vez en cuando por alguna hoja de papel suelta que cubre el suelo. No se oye ningun libro al caer al suelo, ni el chocar del hombre en la oscuridad contra objeto alguno. Los pasos se detienen, y se oye un pequeño chasquear, surgiendo una pequeña llama que prende una nueva vela.
El escriba vuelve a su asiento, coloca la vela en el pequeño cacharro de barro situado frente a su folio, y prosigue su eterna tarea.
El desorden en estos montones causa que la vela, más que iluminar, ensalce las sombras de la habitación, creando extrañas figuras sobre las estanterias medio vacias de las paredes. El movimiento de la llama provoca que solamente el centro de la mesa se encuentre iluminado en todo momento, y es en este lugar donde una esqueletica mano traza lentamente palabras sobre el papel.
De vez en cuando se detiene la escritura, y el escriba se levanta en busca de uno de los múltiples tomos que hay en la sala. Sin dudar ni un instante lo saca de entre el caos de montones, y tras consultarlo durante un instante lo deposita sin ceremonias en el primer sitio libre que encuentra, normalmente otra pila de libros distinta de la que lo sacó. Vuelve a la silla, y prosigue su lento escribir. Un rato más tarde, quizás despues de escribir unas pocas líneas, se repite el ciclo.
El escriba no parece dudar nunca. A pesar del desorden reinante, y del hecho de que varios de los libros se encuentren totalmente ocultos bajo varios otros tomos, el escriba siempre parece encontrar el libro que busca a la primera, como si llevase repitiendo el proceso durante años sin descanso.
El aspecto cadavérico del hombre aparentemente confirma el hecho. Tez pálida, blanca, totalmente falta de rubor. Ojos negros, hundidos, formados casi por completo por pupila, que se dirían inyectados en sangre si no fuera porque las venas que se pueden ver tienen un color casi grisaceo. Labios arrugados y amoratados, flanqueados por unos pómulos hundidos y cubiertos por una descuidada barba. Sin embargo, viendo los movimientos del hombre, se obtiene la impresión de fuerza, de poderío, en vez de la fragilidad y enfermedad que su aspecto podrían indicar.
La vela, consumida ya por completo, se apaga sumiendo en completa oscuridad la habitación. En las tinieblas, los sonidos parecen amplificarse, y por vez primera se puede comprobar que no hay ventana alguna en la sala. El arrastrar de una silla sobre el suelo. Los seguros pasos del escriba sobre el suelo, amortiguados de vez en cuando por alguna hoja de papel suelta que cubre el suelo. No se oye ningun libro al caer al suelo, ni el chocar del hombre en la oscuridad contra objeto alguno. Los pasos se detienen, y se oye un pequeño chasquear, surgiendo una pequeña llama que prende una nueva vela.
El escriba vuelve a su asiento, coloca la vela en el pequeño cacharro de barro situado frente a su folio, y prosigue su eterna tarea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario