29 de julio de 2008

El Bergantín III

Si alguien hubiera estado observando los pasos de la joven habría creído que paseaba sin rumbo, pues más de una vez pasó por el mismo lugar sin darse cuenta. Sin embargo, al cabo de un rato la joven se detuvo frente a un barco. Se trataba de un pequeño bergantín de dos mástiles, que comparados con los palos de los pesqueros de su alrededor parecían extenderse hacia el cielo. A pesar de ello la embarcación era más pequeña que el resto de los bergantines comerciales que había visto durante su vida, y la madera de aquellos palidecía al compararla con el color bronce bruñido que poseía la de el pequeño navío. A pesar de no llevar mascarón de proa, el bergantín se encontraba adornado con elementos dorados por la borda de la cubierta, mientras que las velas, recogidas, aparentaban ser de seda grisácea, y solamente cuando la luz de la luna las alcanzaba de lleno refulgían brevemente como la plata.

Sobre la cubierta, sentado en una hamaca tendida entre los dos palos, estaba un marinero tocando una pequeña flauta de madera. Se trataba de un muchacho, pues no aparentaba más de veinticinco años, aunque su cabello rubio ya estaba a medio encanecer, esbelto y de mediana altura. Sus ojos grises, cerrados mientras tocaba su música, mostraban una sabiduría impropia de su edad, y más de un marinero se había encontrado tratando de escrutar sus profundidades sin descubrir nada nuevo. Pero la joven no se fijó en sus ojos, pues cuando dejó de observar el barco y se concentró en el marinero su mirada se quedó fija en las manos que, suaves y ágiles, se movían sobre la flauta creando un sonido límpido que atravesaba el aire neblinoso del puerto.

Durante un largo rato la joven se quedó allí quieta, observando el barco y escuchando la música de la flauta, imaginándose lo que sería navegar en ese barco por todos los lugares del mundo que podía imaginar. Se sorprendió de pronto cuando escuchó la suave voz del marinero que le preguntaba:
- ¿Puedo serle de alguna ayuda? Veo que lleva ya un buen rato ahí quieta, y como no lleva ropa de mucho abrigo debo decir que me encuentro un poco preocupado por su salud.
- No, gracias, no pasa nada. Sólo estaba admirando el barco... La verdad es que es una embarcación preciosa. ¿Es usted el capitán?
- Capitán y tripulación. - contestó el marinero - Soy el único que navega en este barco, pues sólo admite un pasajero.
- ¿Sólo un pasajero? ¿Y se puede manejar usted sólo en un barco de este tamaño?
- Así es. Y es que resulta que este barco es mágico. - Y con esto, el marinero continuó tocando su flauta.

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