El primer fin de semana tras la visita a Frankfurt, la oficina internacional organizó un viaje al Rin para todos aquellos estudiantes que habíamos venido de Erasmus, que duraría todo el fin de semana. Así, el sábado por la mañana nos reunimos en la estación de Darmstadt, para coger un par de trenes regionales hasta Rüdesheim.
Rüdesheim es un pueblecito pequeño a la orilla del Rin, que representa el arquetipo de pueblecito alemán. Casas antiguas, con las vigas marrones que quedan a la vista, decoradas de formas sorprendentes para que cualquiera que pasee por la calle se pueda maravillar con ellas; múltiples pequeños restaurantes, con las puertas abiertas, en los cuales uno se puede sentar un momento a tomar una cerveza o una salchicha con patatas; y callecitas pequeñas que dan todas al río.
Después de dejarnos un rato para que nos pasearamos por el pueblo, comenzamos el ascenso al monte, donde hay un enorme monumento en recuerdo de la unificación de Alemania en 1871. Aunque la estatua es, sin duda, impresionante, lo más llamativo para mi fueron las vistas que se podían disfrutar desde el mismo.
Después del Niederwalddenkmal continuamos andando hasta el albergue donde pasaríamos la noche. Con unas vistas casi idénticas a las del monumento, es sin duda un lugar estupendo donde pasar la noche. Sobre todo si la organización de la excursion ha llevado más de 100 botellas de vino para organizar una pequeña cata, y después hay preparada una discoteca en el sótano del albergue. Tras unas buenas risas, y conocer a un buen grupo de gente, acabé retirándome a dormir bastante temprano (las 2 de la madrugada) en previsión del madrugón que tocaría al día siguiente.
Y efectivamente, sobre las 7 de la mañana ya nos estaban despertando, pues había que desayunar, limpiar las habitaciones, y bajar al pueblo de nuevo para coger un barco que nos llevaría al siguiente destino. Por supuesto, el barco no era únicamente el medio de transporte elegido, sino que al mismo tiempo nos permitía ver los múltiples castillos que pueblan las orillas del rio. Había hasta una torre en el centro del río, que antiguamente servía para cobrar peaje a aquellos barcos que deseaban navegar por este tramo del Rin.
Finalmente llegamos a nuestro destino: la Roca de Lorelei. Cuenta la leyenda que en esta parte del río habitaba una sirena, que con sus cantos lograba distraer a los marineros para que se estrellasen en el brusco recodo que hace en este punto. Al final, desconozco si en algún momento pudo haber algo similar a una sirena que hubiera podido inspirar las canciones, pero lo cierto es que el lugar se ha convertido en un lugar turístico que merece la pena.
Aunque hay que subir una larga y tediosa escalera para llegar hasta la cima de la roca, las vistas merecen la pena nuevamente. Y por suerte para nosotros, justo tras acabar la escalada nos esperaba la comida, con lo que pudimos sentarnos tranquilamente, y comer y charlar hasta que recuperamos el aliento. Después, y tras una corta pero deliciosa siesta tumbados en la hierba, comenzamos la bajada, para dirigirnos finalmente a la estación y volver a Darmstadt.
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